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Recontextualizando los comportamientos disruptivos en el jardín de infantes




El Jardín de Infancia (Kindergarten) supone una gran transición en la vida de los niños: de ser niños cuidados y mimados a ser tratados como personas responsables. Ahora son estudiantes y, como tales, tienen que cumplir ciertas expectativas, como se mencionaba en un artículo publicado en education.com


1. “Puede seguir el liderazgo del maestro y atender las peticiones de las figuras de autoridad.

2. Trata a la gente y los materiales con respeto.

3. Comprende que hay reglas en la clase y las respeta.

4. Sabe que hacer daño a alguien física o emocionalmente es inaceptable.

5. Tiene conciencia del tiempo y puede distinguir entre las horas de trabajo y las de juego.

6. Puede seguir dos o tres directrices no relacionadas al mismo tiempo.

7. Puede escuchar con atención durante un lapso de tiempo adecuado.

8. Sabe cómo tomar turnos, compartir y trabajar en un ambiente cooperativo.

9. Se responsabiliza de sus necesidades de ir al baño y de sus comidas.

10. Lo hace lo mejor que puede en todo momento.


Pese a la importancia de estos objetivos para la educación de un niño - y por ende para su bienestar- la gran pregunta a la que se enfrenta cada maestro del Jardín de Infancia y cada padre y madre es: ¿Cómo ayudo al niño que tiene dificultades para que pueda satisfacer esas expectativas? Esta pregunta parece que se aplica a cada vez más niños en la actualidad. Casi parece que los “comportamientos disruptivos” se han convertido en la norma en lugar de en la excepción.


Para responder a esta pregunta sobre cómo ayudar a los niños que necesitan más ayuda, necesitamos continuar preguntando “¿Por qué?”. El asunto es: ¿Qué tipo de “¿Por qué?” deberíamos preguntar?


Si pensamos que depende del niño elegir si respeta o no a las figuras de autoridad o las reglas de clase, nuestro pensamiento es estrictamente del Cerebro Azul. Si transgrede estas normas, asumimos que se está comportando mal, y que lo hace por alguna razón: por ejemplo, obtener o evitar algo. Por este motivo, sentimos que debemos ir con cuidado para no reforzar el comportamiento, porque el niño tiene que aprender que esa conducta es inaceptable.


Pero ¿y si el niño ha retrocedido: y me refiero a retroceder realmente, al estado del Cerebro Marrón que vemos en los niños más pequeños? Su acción no es racional ni irracional, sino no-racional: es decir, impulsada por poderosos procesos cerebrales subcorticales primitivos que hacen que ataque o huya, y que se apague la parte prefrontal del cerebro que el niño necesita para procesar nuestras advertencias y correcciones. Esto nos lleva a plantearnos una respuesta muy diferente a nuestro ¿Por qué?: que ese arrebato es un comportamiento de estrés y no un mal comportamiento (intencional).


Al pensar de esta manera, “recontextualizamos” el comportamiento del niño. Reconocemos que el niño no está “eligiendo” comportarse de un modo que nos preocupa, tal y como reconocemos que un bebé no elige sonrojarse cuando está angustiado. El niño no tiene ningún tipo de finalidad al comportarse así. Y gritarle podría detener su arrebato al entrar en parálisis, pero eso no le ayudará en lo más mínimo a desarrollar su autocontrol.

Cuando un niño continúa retrocediendo al Cerebro Marrón, nos encontramos ante una respuesta repetitiva por estrés excesivo. El asunto más apremiante aquí no es por qué ese patrón de comportamiento se ha formado, sino por qué el niño está tan estresado. Este es el “reto” real planteado por los “comportamientos disruptivos”: averiguar la respuesta al “¿Por qué?” adecuado.


Lea el artículo original en inglés, encuentre más información y recursos aquí


Traducción amablemente proporcionada por Mireia Bazu



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